Locuras de Carnaval

Locuras de Carnaval

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Poco después bajó Dorronsoro, pagó al cochero, se acercó a la puerta de su casa y la abrió.

—Pase usted —le dijo a Elena.

Poco después apareció una criada vieja, una vasca flaca y de cara ganchuda.

—A ver si le acompañas a esta señora —le indicó Juan—. Yo voy a ver si me despejo un poco.

La vieja tenía un aire de suspicacia. Elena le contó lo que le había ocurrido.

—¡Jesús, María y José! —exclamaba la vieja a cada paso, llevándose las manos a la cabeza—. ¡Qué Madrid este! ¡Jesús, María y José!

En tanto Dorronsoro marchó a la cocina y colocó la cabeza en el chorro de la fuente. Después bebió dos vasos de agua, encontró un frasco con algo de amoníaco, que respiró, y se presentó en la sala.

—Perdone usted —le dijo a Elena—. He estado hecho un animal.

—Usted no ha tenido la culpa.

—Sí, yo la he tenido, porque debía uno saber contenerse un poco. Cuénteme usted lo que ha pasado, porque no me acuerdo de nada.

Elena le explicó lo ocurrido.

—Y usted ¿qué va a hacer ahora?

—Estaré un rato aquí, y luego me marcharé. ¿Tiene usted teléfono?

—Sí.


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