Locuras de Carnaval

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Por entonces la pitonisa doña Claudia, que se las echaba de grafóloga, se presentó en mi cuarto y me pidió que le pusiera en castellano correcto un informe que había escrito acerca del carácter de la señora de un diputado, cliente suya. Hice su encargo y no le llevé nada por él. En pago me convidó a cenar. Nuestra sibila vivía bien; tenía un despacho amueblado con cierta elegancia, un comedorcito, la alcoba y la cocina. Era una mujer de una edad indefinible, delgada, con los ojos negros y la expresión despierta. Tenía una asistenta, que solía hacerle la comida y estar en las horas de consulta para recibir a los clientes.

Cenamos mejor de lo que yo esperaba. Hablamos de muchas cosas, y después, de la gente de la vecindad y, sobre todo, de la Pepa, que era una mujer bondadosa que se sacrificaba por sus hijos y a quien ellos no agradecían el sacrificio.

Esta es, sin duda, la ley natural de la vida entre padres e hijos, protectores y protegidos, sacrificados y sacrificadores.

—Ya ha visto usted que ahora ha traído a un sobrino —le dije:

—Sí, Adolfo Santovenia; le conozco —me contestó ella.

—¿Le conoce usted?

—Sí, y conozco su historia.

—¿No será por las cartas?


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