Los amores tardios

Los amores tardios

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«Esta canción de los amores tardíos es una triste canción —murmuraba Larrañaga—. Este sentido crítico excesivo mana del calor del alma. Parece que se va a encontrar a tiempo la palabra necesaria y la expresión adecuada; pero la palabra no viene o se desconfía de ella, y la expresión, ante la desconfianza, se hiela. Es uno como el gimnasta viejo que duda de que podrá dar un buen salto. Hay, indudablemente, la posibilidad de la ficción; pero es una posibilidad ilusoria, porque dentro de la esfera de lo apasionado, la mentira se reconoce en seguida, como una moneda falsa.»

Uno de los recursos de Larrañaga y Pepita era recordar. Hundidos en el recuerdo, encontraban lo que pensando en el presente no podían hallar.

Larrañaga se lamentaba de que muchas veces el azar pone cerca, en los linderos de la vejez, lo que no ha puesto en la juventud. Y entonces se intenta realizar, sin brío y conscientemente, lo que en la juventud se hubiera hecho con fuerza y en plena inconsciencia.

«Ser actor sin condiciones o renunciar a la acción, esta es la alternativa —pensaba José—; cualquiera de las dos cosas por la que me decida dejará amargura y arrepentimiento. Vivir y poder contar su vida a un chico —añadía después—, sin avergonzarle a él ni avergonzarse a sí mismo. Esa sería una buena prueba de haber pasado por el mundo con limpieza.»


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