Los amores tardios
Los amores tardios Desde el punto de vista del destino, hay dos clases de hombres: los unos siguen el rumbo trazado por los padres, la familia, el ambiente; los otros tratan de cambiar su destino. Los unos toman la carretera ancha; los otros, el sendero difícil y tortuoso.
Los primeros, vulgares y oscuros, no se distinguen; los otros, si aciertan, pasan por ilustres; pero si yerran son ridículos, porque, después de su fracaso, tienen que marchar con los demás y en montón por la carretera.
Con las vacilaciones de Larrañaga contrastaba la audacia de Pepita. Ella tenía osadía, fuego, y se dejaba llevar por su imprudencia; quizá sentía el atractivo del peligro.
Larrañaga hacía tiempo espiaba a Pepita, la analizaba constantemente.
Pepita no era un hada, ni mucho menos; no tenía el temperamento tranquilo y flemático de Soledad. Su sangre no corría lentamente, sino atropellada y bulliciosa.
Como decía algunas veces Larrañaga, dando a sus palabras un aire de explicación zoológica, ella debía estar incluida, espiritual y materialmente, entre los animales de sangre roja y caliente, con el corazón con cuatro cavidades, como los comprendidos en el primer grupo de la clasificación de Linneo.