Los amores tardios

Los amores tardios

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No era fácil que, con su temperamento y su salud, se manifestase como mujer fría y tranquila.

Pepita reflexionaba también; pero sus reflexiones servían para darle mayor decisión en sus propósitos.

Su marido se aprovechaba de todo el trabajo y del éxito de su padre; si el señor Larrañaga trabajó con persistencia y audacia, si expuso algunas veces su fortuna y su salud, fue para que Fernando disfrutase de este trabajo sin esfuerzo alguno; en cambio, José se encontraba con su oficina y con aquellos dos cuartos de la calle del Pelícano para vivir oscuramente.

Estas consideraciones sobre la injusticia de la vida legitimaban su actitud y su resolución. Su sentimiento de venganza iba pasando de su alma a sus nervios, de su inteligencia a la inconsciencia.

A veces Pepita hubiera querido llegar a una ruptura violenta con su marido y divorciarse o retirarse pasajeramente a un convento; pero esto en la práctica era más difícil que en la teoría.

Pepita no estaba siempre decidida. A pesar de haber creído que podría obrar en todos los momentos con frialdad y con prudencia, se encontraba en un instante de confusión.

Pepita no tenía ningún romanticismo literario; no creía que los hombres ni las mujeres corrientes fuesen capaces de amores puros y platónicos. Su idea del amor era sensual y materialista.


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