Los amores tardios
Los amores tardios Ella sospechaba que las grandes pasiones estaban un poco inventadas por los escritores para entretenimiento del público Pensaba que un hombre joven, fuerte, guapo, servía de marido como otro cualquiera.
Muchas veces había dicho que ese matrimonio a la francesa, hecho por notario, tenía que dar tan buenos resultados como los matrimonios por amor, o quizá mejores.
Por otra parte, la rabia contra su marido no era tan grande; su estado moral no era grave; sin embargo, el aura erótica la arrastraba, la turbaba, y a ella misma le extrañaba el trastorno de su espíritu y el desfallecimiento de su voluntad.
Respecto a Larrañaga, indudablemente, no le quería con pasión. Era viejo, inteligente, simpático y desgraciado; pero nada más.
¿Por qué se empeñaba en tomar en trágico este asunto, que en el fondo no tenía gran importancia? No lo comprendía. ¿Por qué su voluntad se deshacía? No podía explicárselo.
Ella suponía que él sí la quería, pero que no se atrevía a dar el salto definitivo.
Pepita, a veces, sentía celos de aquella pequeña Nelly, que durante algún tiempo fue el hada bienhechora de su primo.