Los amores tardios

Los amores tardios

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Así como los amores con la Margot la habían hecho reír al oírselos contar a José, esta amistad romántica con la niña enferma le producía cierta envidia.

Ya veía que José no mentía. Quizá era su primo de los pocos capaces de experimentar uno de esos entusiasmos puros de un alma exaltada. Y, a pesar de su sentido práctico y de su sensualidad, envidiaba el idilio casto del hombre oscuro, ya un poco viejo, y de la niña enferma, para quienes el cuarto pequeño de la calle del Pelícano era un mundo venturoso.

Larrañaga había conocido el amor divino y el amor humano. Ella sería en la vida de José el amor íntegro: divino y humano, un poco Jerusalén y otro poco Babilonia.

Se acordaba de las palabras que había dicho José a la duquesa en Basilea, explicando cómo él, ya viejo, insignificante y pobre, si se encontrara con una mujer brillante que le dijera: «Le sigo a usted, me entrego a usted», temblaría, porque esta supuesta posesión sería para él más bien una esclavitud.

A su simpatía por Larrañaga se agregaba la compasión por saber que estaba solo y sin ilusión ninguna.

Le veía a veces como en caricatura, y esto la hacía reír; pero bastaba que intentara hundir su figura en el polvo para que con más fuerza se levantara.


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