Los amores tardios

Los amores tardios

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Cuantas menos condiciones le concedía, cuanto más viejo le miraba, más decaído y poco brillante, más compasión sentía por él y estaba más inclinada a quererle.

Si hubiera tenido Larrañaga un momento de gran suerte, quizá entonces le hubiese olvidado con más facilidad.

«¡Cómo he cambiado yo! —pensaba Pepita—. Nunca he tenido estas ideas. Siempre he mirado con simpatía al vencedor, y ahora… No sé si es por oírle hablar a él y a Soledad o por qué. El caso es que he cambiado.»

Era rara en ella una tendencia así a la piedad, porque este sentimiento se hallaba en contradicción con sus pensamientos habituales.

En su espíritu se había abierto la idea de que, si no surgía algún acontecimiento inesperado, acabaría entregándose a su primo.

Larrañaga comprendía que Pepita le conocía bien, que lo juzgaba con claridad. Esta claridad habitual en los juicios de Pepita le hacía decir a José:

—Si sigues así, cuando seas vieja vas a derivar al cinismo.

—Pues ¿por qué?

—De la verdad al cinismo no hay más que un paso. No cultivas la mentira, la hipocresía, con amore.

—¿Y tú la cultivas?


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