Los amores tardios
Los amores tardios Al mismo tiempo que subía en ella el sentimiento de piedad y de amor, iba bajando el del despecho y el de la venganza y el miedo al pecado.
Se justificaba pensando que si llegaba a dar el salto, este sería más por un sentimiento de simpatía y de amor que por pura venganza.
El problema de Pepita era desenvolverse con el máximo de habilidad y de prudencia entre los escollos creados por su situación.
La impulsaban, por un lado, el amor propio herido y el sentimiento de venganza; por otro, la inclinación erótica y la curiosidad por su primo.
Algo muy característico y muy típico de Pepita era que no quería sacrificar nada en sus planes, cosa absurda: vengarse del marido y conservar su reputación, entregarse a su primo y seguir siendo honesta, era imposible; pero, a pesar de esto, ella pretendía encontrar una solución en que todos sus problemas quedaran resueltos.
Pepita creía que llegaría el momento de saltar el muro y pasar al otro lado. Ahora bien: de acuerdo con las pragmáticas de la infidelidad conyugal, deducidas de conversaciones y de la lectura de libros, consideraba necesario, para después de salvado el muro, tener un compañero fuerte, audaz y decidido.
En este sentido, José no realizaba el ideal.