Los amores tardios

Los amores tardios

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Su primo no era un hombre fuerte; pero sí cambiante, interesante, ameno.

Larrañaga no contaba con gracias naturales ni sociales. No se mostraba amable con los desconocidos ni con las señoras; no se esforzaba en manifestarse ingenioso más que con algunas personas a quien él apreciaba. Empleaba el mínimo de cortesía y de política.

Con relación a Pepita, se manifestaba indeciso, oscilante, como si deseara que sus amores tuviesen fin rápido.

Fuera de verdad que estuviese enfermo del corazón, fuera que su timidez le acobardase, se le veía que no se consideraba con energía y con arrestos para tomar el papel de amante decidido.

Además, la posibilidad de romper con la familia por este motivo, de cambiar de vida, para un hombre tímido y asustadizo, era cosa grave.

Larrañaga no tenía elegancia alguna, ni agilidad, ni viveza. Se veía en él un hombre descuidado, hacía tiempo olvidado de su cuerpo. Se vestía mal, sin gracia, aunque se empezaba a preocupar de la indumentaria.

En su cara se notaba su inteligencia y su melancolía. El pelo, un poco largo, estaba gris en las sienes; la cara, afeitada, le daba aire de cura.


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