Los amores tardios

Los amores tardios

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José no tenía ninguna de las condiciones necesarias para ser cómplice en una infidelidad conyugal. No podía ser el amante a la alta escuela, ni un gigolo alegre y divertido.

Indudablemente, Larrañaga no impulsaba a Pepita a ser infiel; por el contrario, su esfuerzo manifiesto era desviar el despecho de Pepita y darle un tono de crítica acerba y pesimista de la sociedad y de la vida; pero, medio inconscientemente, con sus conversaciones y sus charlas, marchaba hacia el amor.

Pepita ya comprendía que José deseaba y no deseaba la aventura, que le inquietaba y llenaba de ilusión, que se sentía angustiado y esperanzado, y que, en último término, tenía miedo de no hacer un buen papel.

Ella sentía compasión al verle con aquella figura de hombre caído.

Pepita, olvidando toda su cólera contra su marido, sentía como un deseo de indemnizar a José de la desgracia que le causó en la juventud.

Ella iba a ceder por compasión, por dar también algo de ilusión a aquel pobre a quien quizá hubiera querido apasionadamente si la suerte lo hubiera arreglado de otro modo.

Aquel espíritu vagabundo de José, sus eternas fantasías y comentarios, ¿valían algo? ¿Era su primo algo más que un chiflado, que un chocholo?


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