Los amores tardios
Los amores tardios Su padre le desdeñaba y le tenía por loco, por un divagador; quizá bueno para soñar o para fantasear.
Su marido había intentado burlarse de él y pintarle como tipo ridículo; pero ella comenzaba ahora a ver claro.
Comprendía que había un fondo de verdad en el descontento y en la rebeldía de José; que no era todo una fantasía caprichosa, y que quizá en la vida, como él aseguraba, obtenía siempre el triunfo lo mediocre, lo insincero, lo bajo, sobre lo sincero, lo bueno y lo original.
De manifestarse su primo atrevido y donjuanesco, quizá ella hubiera reaccionado; pero la humildad de José y el ver que en él latía el deseo de salir pronto de aquella situación difícil, la interesaba.
También si él hubiese prometido algo a Pepita, le hubiera entrado la desconfianza; ella sospechaba que todas las promesas, o casi todas, eran falsas; pero José no prometía nada; al revés, desconfiaba, y esta desconfianza incitaba a su prima.
A cada paso Pepita pensaba que se iba a romper el encanto y que la situación creada por ellos iba a resolverse sin consecuencias, lo que a veces la alegraba, pero otras la entristecía.