Los amores tardios
Los amores tardios Larrañaga se sentÃa torpe para la maniobra y tenÃa demasiada desconfianza, orgullo y espÃritu crÃtico. No era un piloto hábil para afrontar la tormenta que se avecinaba.
PodÃa decir que no habÃa sido nunca más que marino de agua dulce, marino de andar en puertos.
Era el clown viejo a quien le ha entrado la desconfianza y tiene miedo de dar saltos mortales.
Ella, en cambio, como los pájaros marinos de alas poderosas, se sentÃa capaz de marchar con seguridad por encima de las olas y las espumas. Él dudaba de poder seguirla.
Era una partida que se jugaba con las cartas sobre la mesa; ya no habÃa nada de oscuridades.
«Cuanto antes, mejor», se decÃa Larrañaga.
Él estaba fuera de sÃ, era como la leña seca que arde; ella, dispuesta a sacarle de sus casillas. No le iba a valer su manta aisladora.
—¿Qué harÃas tú —le dijo una vez— si ahora fuera yo la que estuviera enamorada de ti?
Larrañaga, muy azorado, dijo para disimular:
—Eso no puede ser verdad; es una broma. Yo soy viejo, cansado; un pobre hombre humilde.
—Lo de viejo no es verdad. Cansado, es posible que lo estés, porque no tienes ninguna esperanza. Ahora, de humilde no tienes nada. Dentro de tu humildad, eres soberbio como un demonio.