Los amores tardios

Los amores tardios

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—Sí, es probable que los dos seamos soberbios; pero tú eres una mujer déspota y exigente, y yo, no.

—Lo peor es que tú sigues entusiasmado conmigo, y yo empiezo también a estarlo de ti.

—Es preferible no hablar de estas cosas —dijo Larrañaga—; yo no sé tomarlas en broma; por lo menos para mi tranquilidad es peligroso.

Pepita se rio de José, porque hasta le daba miedo de hablan de aquello.

Larrañaga encontró en su biblioteca el libro de Stendhal sobre el amor. No lo había leído y leyó algunas páginas.

No le dio ninguna luz acerca de su caso. No vio en el libro más que ingenio y anécdotas.

«Se ve que, como dice el refrán, cada persona es un mundo Todo es igual en principio, y, sin embargo, hay tal variedad, no sólo en los accidentes, sino en el fondo de las cuestiones, que la experiencia de uno es perfectamente inútil para los demás. Pasa como con los códigos: cuando se hojean, repugna esta prosa tan detallada y tan aburrida. Parece que hay una casuística exagerada y pedantesca. En cambio, cuando se busca el caso concreto, entonces no se encuentra nunca lo que se quiere.»


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