Los amores tardios
Los amores tardios Larrañaga creía que Pepita, si no quería a su marido, al menos tenía con él una dependencia física, y que su rabia y sus celos la impulsaban a vengarse, sacrificándole a él, coqueteando con una coquetería sin consecuencias.
Pepita afirmó claramente que no. Su marido era un hombre un poco vulgar, vanidoso, a quien nunca llegó a querer de ver dad, ni él tampoco a ella.
Naturalmente, una mujer joven encuentra siempre en un hombre también joven y guapo muchos encantos, y puede llegar a creer con facilidad que está enamorada.
Al salir de su casa de Bilbao, al quedar sola y pensar en su vida, se había convencido de muchas cosas.
—¿De qué cosas te has convencido? —preguntó Larrañaga.
—No sé si decírtelo. Es posible que no lo creas o que te dé mucho miedo.
—Mira, tú haz lo que quieras —exclamó Larrañaga—. Decide, pero no juegues conmigo. Ese juego de mujer coqueta me parece una cosa baja con el hombre que se entrega.
—¿Eres tan débil que no puedes soportar ese juego?
—Sí, tú te tienes que convencer de que una mujer guapa, simpática, graciosa, y además casada, es un peligro para un hombre de mi edad, y por añadidura pobre. ¿Qué pasaría si yo llegara a quererte de verdad?