Los amores tardios

Los amores tardios

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—¡Bah! Ya me quieres.

—El porvenir que se me presente —siguió diciendo Larrañaga, como si no hubiera oído la observación— no va a ser muy halagüeño. Ya que soy viejo, vale más dejarme en paz, que no ilusionarme para dejarme después en un futuro de soledad que me parecerá más triste aún.

Pepita estaba convencida de que era ella la única mujer a quien José había querido de verdad. Por Margot no había sentido más que inclinación física, y por Nelly, únicamente compasión y simpatía paternal.

—En eso tienes razón. Por Margot nunca tuve estimación. A Nelly le quise mucho; pero, como dices tú, de una manera paternal. En cambio, cuando te conocí a ti, estaba yo en plena juventud; naturalmente, en ti se reunía todo el atractivo físico, el atractivo espiritual y hasta la posición social. Además, hay algo en la juventud que no se puede reemplazar.

—Sí, hay detalles de aquella época que una recuerda como si acabara de pasar —repuso Pepita—: palabras que se dijeron, trajes que una llevaba; se recuerdan los olores… Hay olor de campo o de mar que siempre trae el recuerdo de aquella época a la memoria.

—Sí, sí, es verdad.


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