Los amores tardios
Los amores tardios Recorrieron las orillas del río y los canales, desde el muelle de los Boompies hasta el mar, bordearon la isla de Noorder y comieron en un restaurante del muelle, desde donde se veía Rotterdam como una estampa; pasaron los canales y los puertos de la isla de Feyenoord, el muelle de Wilhelminakade, con sus grandes trasatlánticos; Rijnhaven, con los paquebotes de América y los puertos de Katendrechtse Haven, con unos inmensos aparatos de elevación y una grúa enorme, hidráulica, para los carbones, que podía subir cada vez un vagón de veinticinco toneladas.
«¡Cuánta cosa inútil! —decía Pepita, burlonamente—. ¿Para qué todas estas complicaciones?»
Larrañaga se reía.
A él tampoco le gustaban estos puertos nuevos, con cierta rigidez prusiana; prefería los muelles antiguos, con sus barcos viejos, roñosos, sus astilleros, sus anclas amarillentas clavadas en el fango, sus toneles y sus gabarras.
El comienzo del otoño era suave y templado. El sol pálido iluminaba los árboles, todavía verdes, y los macizos de dalias y de crisantemos.
Llovía a menudo, lluvias ligeras que refrescaban el ambiente y salía el sol.
Vieron pueblos, iglesias, beguinajes, museos.