Los amores tardios
Los amores tardios Cuando no salían, paseaban por el parque Laan; oían los conciertos militares y se acercaban a la terraza que da sobre el río. Iban también al jardín botánico.
Eran para ellos sus amores como un primer amor, con su marcha nupcial, lleno de sorpresas y de emociones imprevistas.
«Sería magnífico si pudiera durar —se decía Larrañaga a sí mismo—; pero esto no puede durar. Dentro de una semana, o de un día, quizá dentro de una hora, todo esto se viene abajo, y entonces, ¡adiós nuestros amores!»
Otras veces pensaba: «La flor del día que cantaba Horacio es toda la vida. Vivir el momento actual con energía; no hoy, sin duda, otro ideal. ¿Qué nos importa el pasado y qué nos importa el porvenir, mientras no se proyecte sobre el momento actual? Hay que decir, como el viejo poeta: “Coge la flor del día, sin cuidar demasiado de la de mañana”».
Pepita y Larrañaga hablaron mucho, casi constantemente, de su juventud; aquella corta estancia en Deva se ensanchó, se agrandó, fue adquiriendo detalles, se convirtió en algo importante y trascendental en sus respectivas vidas.