Los amores tardios

Los amores tardios

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—Esa es una canción del revolucionario francés Fabre d’Eglantine —decía Larrañaga—. Está escrita en plena revolución, cuando Francia entera se bañaba en sangre. La música es bonita, y la letra es de una ñoñería graciosa.

—Nosotros la cantábamos en la pensión.

A Pepita le gustaba relatar detalles escabrosos de la vida del colegio; hablar de las amistades demasiado estrechas entre alguna chica morena y de ojos negros con alguna rubia pálida y soñadora, que se abrazaban y se besaban, y a las cuales la profesora vigilaba constantemente; los libros que entraban a veces, y los diccionarios, que alguna muchacha había mirado palabra por palabra para buscar una explicación de todo lo que pudiera tener relación con algo sexual.

Ella misma decía que había estado durante mucho tiempo muy entusiasmada con una muchachita rubia, pálida y dulce como un corderito, a quien hubiera querido abrazar y besar, y que se fue del colegio dejando en ella los primeros días una gran tristeza.

—Pero ¿en esto ponías malicia?

—No sé, la verdad. No me daba cuenta.

Pepita le contó sus amores con Fernando y otros amores que tuvo antes con un muchacho inglés, en Bilbao.

Le dijo que en sus relaciones con aquel muchacho llegó a estar locamente enamorada de él; pero no había sido igualmente correspondida.


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