Los amores tardios
Los amores tardios El joven inglés tenía una idea fría del amor. Le importunaba que le hablaran de su pasión.
A lo último, el inglés la aburrió, la desesperó, y le mandó a paseo. El joven era muy guapo. Luego le olvidó por completo, hasta el punto de que ya no se acordaba de él. Sin duda, era un atractivo puramente sensual.
A José Larrañaga estos detalles le molestaban mucho y le daban la sensación de celos retrospectivos.
El especificar la belleza física de su antiguo novio, el joven inglés: la nariz bien hecha, los ojos azules, el pelo rubio, la cabeza pequeña, la dentadura blanca, la mano larga; esta delectación en el recuerdo ofendía a Larrañaga como un insulto.
¿Ella lo notaba, o no lo notaba? Difícil era saberlo. Probablemente, notaba la incomodidad de su primo y el comienzo de celos, y por eso quizá la divertía.
«Lo peor es que en el fondo uno es un hombre sensual —se decía Larrañaga al quedarse solo—, paralizado por la reflexión, por la cólera, por el despecho de no poder hacer; pero uno es un hombre sensual, y esto es lo peor.»