Los amores tardios

Los amores tardios

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II

LA GENTE QUE PASA

¿Qué se encuentra por todos lados? —decía Joe— Gente que pisa fuerte, gente con una vanidad ridícula y que mira con desdén; pero el hombre, el hombre humano, ni orgulloso, ni vil, ni rampante, ¡qué poco abunda!

¡Caminante solitario de gran ciudad, que paseas por en medio de la multitud como en un bosque, ¿en dónde está uno más solo que entre la multitud de las grandes ciudades?, cuán pocos son los hombres con caras humanas! En qué pocos ojos brilla la sinceridad, la lealtad y la benevolencia. Aires solemnes, graves, autoritarios, tipos pedantescas, profesorales. La presunción, el interés y el orgullo por toda, partes y la pantontería humana.

«Las multitudes», Evocaciones

Al parecer, Fernando volvía a las andadas. Sin duda, no le basaba ir de cuando en cuando al hotel, donde estaban los Van Leer; quería pasarse allá el día entero en compañía de la holandesa.

La cólera de Pepita se iba enfriando y cuajando y haciéndose más dura y más fuerte. Pensaba marcharse, uno de aquellos días, de Ámsterdam. No se encontraba a gusto.


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