Los amores tardios
Los amores tardios Pepita se manifestaba nerviosa e inquieta y se la veía pronta a saltar. Aquella relación tan larga de su marido con la holandesa le iba poniendo exaltada y frenética, con una cólera que iba derivando a tomar resoluciones firmes.
Pepita tendía a encontrar mal cuanto veía; se hallaba disgustada, todo le parecía pequeño, mezquino y feo.
—Aquí hace, además, un calor atroz.
—Es indudable, pero no es lo frecuente —replicaba José—. Seguramente hará calor en toda Europa.
Como en Suiza, Larrañaga era el cicerone de las dos hermanas.
Al día siguiente de llegar Larrañaga, fueron a comer, por la tarde, él y sus primas, a un pequeño restaurante del Rokin, muy arregladito y coquetón. Estaba desierto.
Les sirvió un joven alemán.
«Este es algún escapado de la guerra —dijo Larrañaga—. En Rotterdam teníamos un tipo parecido, un antiguo estudiante de filosofía que se hizo mozo de un bar y acabó siendo el propietario.»
Después de comer salieron del restaurante. La orilla del canal estaba muy triste al anochecer. Siguieron por el Rokin hasta la plaza Sofía, donde se destaca la torre de la Moneda, y fueron luego al borde del Amstel.