Los amores tardios

Los amores tardios

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El agua gris aparecía inmóvil en el canal, y las luces de los anuncios eléctricos se reflejaban en su superficie negra. Alguna que otra gabarra lenta iba avanzando como un monstruo marino. Las mujeres de vida airada hacían la guardia en las esquinas y a la entrada de los puentes.

—Estas ciudades necesitan poca luz —dijo Larrañaga—. Son algo como el arte gótico.

Luego cruzaron un puente del canal del Amstel y volvieron por la otra orilla contemplando las aguas del rĂ­o.

Se acercaron al malecón a mirar el cauce. Larrañaga apoyó los codos en el pretil.

—Estas negruras del agua estancada me dan el vértigo —murmuró—. Si las miro mucho, sueño con ellas.

—Entonces no las mires —replicó Pepita.

—¿Qué importa tener el vértigo o no?

—Sí importa.

Y Pepita tapó los ojos de su primo con la mano. Larrañaga quitó la mano de sus ojos, la cogió, y viendo que Soledad había alejado un poco, la besó. Pepita se rio.

—Chico, ¡qué honestidad! —exclamó—. Creo que no me has besado más que en las uñas.

—Qué quieres. No soy un madrugador.


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