Los amores tardios
Los amores tardios —Pues mira, creo que a las mujeres no nos gustan los que levantan demasiado tarde.
—Ya lo sé. Pero ¡qué se le va a hacer!, uno es un caballero.
Siguieron adelante por la orilla del canal hasta internarse entre calles.
—Este debe de ser el barrio judío —indicó Larrañaga.
Ya era de noche cuando se encontraron en Waterloo Plein. La luz de los reverberos iluminaba tipos de mujeres y hombres de ojos negros y perfil aguileño. Se notaba una mezcla de sordidez holandesa y de sordidez judía.
—¿Hay muchos judíos en Ámsterdam? —preguntó Pepita.
—Hay, según dicen, cerca de sesenta mil. Si queréis, podemos entrar en un barrio de burdeles que hay por aquí, pero es un poco siniestro y triste.
Larrañaga contó cómo había estado una noche en una de las tabernas de aquellas calles. Era cuando fue a buscar al padre de Nelly.
Estos canales del barrio, con las orillas desiertas, con la luz triste del crepúsculo y de los faroles a grandes trechos, ofrecían un aire muy dramático.
—Tiene mal aspecto esto —dijo Pepita.
—Sí, no vayamos por ahí —añadió Soledad.
Volvieron a Waterloo Plein y por la orilla del canal salieron de nuevo al Rokin.