Los amores tardios

Los amores tardios

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Cruzaron llanuras verdes y más llanuras, con molinos de viento, acequias, estacadas, campos amarillos de colza, y estanques, que tenían el mismo color que el horizonte.

—Estos cielos pesados, cargados de nubes rojizas, antes o después de la lluvia, es toda Holanda —dijo Larrañaga.

—Me gusta más el cielo azul —contestó Pepita.

—A mí, no —replicó Larrañaga—. Estas nubes bajas, estos efectos atmosféricos, dan una variedad al campo que no tiene a plena luz. De esta atmósfera húmeda y cargada de vapores viene toda la pintura de paisaje holandés. Es cosa rara, curiosa, que en este país haya habido tanto pintor y tan pocos poetas.

—¿Ha habido muchos pintores?

—A cientos. Entre los pintores, quitando a Rembrandt, ninguno ha tenido el amor por lo extraordinario como un Greco, un Tintoretto o un Goya; es el paisaje dulce, el clima suave Al pintor de aquí le queda este sensualismo manso que tiene sus puntos místicos. Es el agua, la humedad, la bruma. Es curioso observar cómo Holanda, donde el campo es, a primera ven tan insignificante y tan mediocre, ha producido magníficos pintores, y, en cambio, la naturaleza grande, heroica, de los Alpes, no ha producido ni uno solo. Porque Holbein es suizo, pero no es alpino.


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