Los amores tardios

Los amores tardios

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Se detuvo el tranvía.

En los campos se veían vacas blancas y negras; llanuras verdes, como lagos, con islas de flores blancas y rojas.

Todos los matices de los colores tenues aparecían en el suelo y en el aire; el blanco, el verde, el gris, el violeta, en la atmósfera húmeda. Una gabarra pasaba por un canal. En algunos campos, las plantaciones de lúpulo trepaban por unas perchas. Había boscajes espléndidos.

—¡Qué hermosos árboles! —dijo Pepita.

—Sí, son enormes; tienen las raíces en los pantanos y las hojas en el ambiente húmedo y fresco.

En algunas partes, la capa exterior de la tierra estaba cortada en pedazos cuadrados, negros, para secarla al aire y convertirla en turba.

—Como en los cuadros de los paisajistas de aquí, la naturaleza no quiere ser extraordinaria —dijo José—; se contenta con ser amable.

—¿A ti te parece?

—Sí. Cada paisaje es una serie de motivos para el espíritu. Es como una sinfonía escrita; para el que la entiende poética, llena de interés; para el que no la entiende, nada.

Llegaron a Harlem, pasaron por la avenida de los Españoles y fueron a ver la exposición de flores instalada en un palacio de cristal.


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