Los amores tardios
Los amores tardios De noche, cruzando una parte del puerto en un pontón flotante, iban a sentarse a un jardÃn de verano, con mesas de café, a orilla del agua, pero allá hacÃa frÃo casi siempre.
—Aquà hablan muy mal de los españoles —dijo una vez Pepita a José—. Es una cosa que fastidia, y mi marido es tan estúpido que hace coro a los que nos denigran.
—SÃ, es desagradable y antipático —repuso Larrañaga—; porque, además, se cuentan de nosotros una porción de mentiras. Es cosa extraña; a mÃ, en Rotterdam, nunca me han hablado de historia, ni del duque de Alba. Allá, todos estos motivos de odio han desaparecido por completo; nadie los recuerda, a nadie le importan nada.
—¿Hicieron muchas barbaridades los españoles?