Los amores tardios

Los amores tardios

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—Claro que hicieron crueldades grandes; pero no las hicieron menos los holandeses, los alemanes y los franceses, que luchaban unos a favor y otros en contra. Ahora, naturalmente, parte porque tenían razón, parte porque eran protestantes, los flamencos tuvieron a los historiadores del centro de Europa a su favor.

—Eso del protestantismo es cosa antipática.

—Sí, cierto; pero es lo que ha hecho principalmente que muchos de estos pueblos aparezcan en la historia como dulces y suaves, y, en cambio, nosotros hayamos sido ennegrecidos deliberadamente. Hay que ver los detalles a que condenaron a un francés, Gerard, que mató a Guillermo el Taciturno por instigación de Felipe Segundo. Es algo horrible; pero esto lo hacía un gobierno protestante, y todos los retóricos hueros, estilo Michelet y Quinet, lo legitimaron.

—Siempre la pasión.

—Siempre. Entre los individuos, como entre los países, hay la ley del embudo. Aquí estuvo un pintor español muy gracioso. No sabía nada de nada; pero al poco tiempo de estar aquí, y de visitar los pueblos holandeses y belgas, se hizo patriota frenético y entusiasta del duque de Alba. Para él su política era repetir aquellos versos del Tenorio, que declamaba con gran petulancia:

Entramos a saco en Gante, el palacio episcopal.


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