Los amores tardios

Los amores tardios

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»Este español sentía gran odio por los flamencos; decía que eran roñosos, de una manera de ser mezquina, y que el único hombre que los había comprendido era el duque de Alba. A nuestro paisano, que no había sido nunca patriota en España, se le exacerbó el patriotismo de un modo extraordinario. “Yo no puedo aprender idiomas —me decía una vez—. Cuando tengo que decir en un teléfono Allo! Allo!, me avergüenza”.

—¡Qué tontería! —exclamó Pepita.

—¿Por qué? Ya ves tú. Yo, aunque soy comerciante, empleado en una casa comercial, siento cierto desprecio por los comerciantes, y leyendo la historia de las guerras de Flandes me halaga tener como paisanos al duque de Alba y a sus hombres. Yo tengo gran antipatía por una guerra como esta última, grande, pesada, estúpida… Y, sin embargo, el comerciante, el hombre pacífico, el judío, me repugna.

—¡Quién te va a entender a ti, Joshé! —exclamó Pepita—. Enemigo de la guerra y enemigo de la paz; enemigo de los católicos y de los protestantes…

—Y de los judíos.

—¿También de los judíos?

—También. Los judíos no son como nosotros. El católico sobre todo el cura, tiene algo duro y sombrío, pero es de casa; el protestante tiene un hábito de hipocresía y de pedantería muy desagradable, pero es el vecino; el judío, no; es una cosa exótica.


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