Los amores tardios
Los amores tardios —Madama Van Leer me decÃa que era extraño que los católicos les llamaran a ellos herejes. Naturalmente. «¿Cómo les van a llamar?», le pregunté yo. Me dijo también que ellos no querÃan que los católicos celebraran procesiones por las calles. «Pues hacen mal», le contesté yo. «¿Ustedes dejarÃan en los, pueblos de España que los protestantes tuvieran procesiones?». «Yo, no», la dije.
—No se pondrÃa muy contenta.
—Claro que no. Ellos dicen, por nuestros curas, que no quieren gente vestida de máscara, como si las levitas y los alzacuellos de sus pastores no fueran igualmente indumentaria de máscara. No nos entendemos. Sin duda, la religión nos separa de ellos.
—Y no es sólo la religión lo que nos separa de ellos; es esa roña, esa avaricia, esa mezquindad que es el carácter de toda la Europa germánica y civilizada. En eso pueden competir con los judÃos.
—Mi marido dice que los judÃos son simpáticos; mucho más serios y más formales en cuestiones de comercio que los españoles y que los mismos franceses e ingleses.