Los amores tardios
Los amores tardios —Muy bien; vamos allá.
—¿No piensas decírselo a tu marido?
—A mi marido no pienso ya hacerle caso. ¡Que se vaya a paseo!
Salieron de Ámsterdam los tres con un chaparrón tormentoso. Las gotas resonaban con fuerza en el suelo y dejaban marcas como gruesas monedas.
Mientras iban en el tren siguió lloviendo copiosamente.
—Creo que Rotterdam me va a gustar más que Ámsterdam —dijo Pepita.
—Rotterdam no es esa Holanda pesada, roñosa, egoísta, germánica —contestó Larrañaga—. Este es un pueblo de marinos, aquí las casas parecen castillos de popa, los muelles tienen pinta de barcos y hasta los árboles recuerdan los mástiles.
—Sí; esto creo que me va a gustar más.
—El hombre de Rotterdam tiene grandes condiciones —añadió Larrañaga—. Es inteligente, trabajador, tranquilo; sin orgullo ridículo y sin vanidad, lucha por la vida como puede. Aquí no se oye nunca hablar de historia, ni del duque de Alba, ni de cosas pasadas; a nadie se le ocurre comparar a Rotterdam con Londres, ni aun con Hamburgo. Si a uno de Rotterdam se le dice que el pueblo es bonito, se sonreirá, como diciendo: «No está mal». En Ámsterdam hay un orgullo ciudadano parecido al de los pueblos del mediodía; aquí, no.