Los amores tardios

Los amores tardios

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—Allí hay orgullo y roña.

—Sí; parece que se ha unido la roña holandesa con la avaricia judía.

—¿Y tú crees que esta gente de Rotterdam no es patriota?

—Es patriota de otro modo; no a la manera nuestra, latina, que es un poco cándida y estúpida. Yo he nacido en el pueblo de Cervantes, de Dante o del Tiziano. ¿Y qué? Puede usted ser un imbécil.

—Tú todo lo quieres echar por tierra —exclamó Pepita—. No estoy conforme; comprendo que se esté orgulloso de ser de París, de Florencia o de Roma.

—Yo, no. ¡Qué gloria pertenecer a los tres millones de habitantes de París! ¡Tener la tresmillonésimaava parte de la gloria parisiense!

—Eres un orgulloso.

—Quizá. De ostentar algo, me gustaría ostentar méritos personales. Que un pintor me diga: «Yo soy de Florencia, pueblo que ha producido los pintores más exquisitos del mundo, pero pinto tan mal como cualquiera de los pintores italianos modernos», «Soy de Alcalá, paisano de Cervantes, pero escribo unas novelas pesadas y ridículas».

—¡Qué malevolencia tienes para todo!


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