Los amores tardios

Los amores tardios

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—No; lo que digo me parece una cosa vulgar, corriente. De tener orgullo colectivo, me parece más lógico tenerlo por lo actual que por lo pasado, y estos países del norte de Europa, de hoy, tienen una superioridad colectiva evidente.

—¿Por qué?

—Estos pueblos han cogido la época en que el agua y el carbón son los grandes elementos de la industria y del comercio. Si no tuvieran estos elementos, languidecerían por muy arios que fuesen. Saben desenvolverse; Rotterdam, por ejemplo, no tiene el peso del elemento oficial. Está desembarazado de la burocracia complicada, vive en el presente y casi en el futuro. Antes de la guerra se hizo un esfuerzo y el ayuntamiento concedió un premio de cientos de miles de florines al barco que entrara en Rotterdam e hiciera el número diez mil. Para principios de noviembre ya había entrado el vapor que hacía este número.

Al llegar a la estación de Rotterdam, Larrañaga y sus primas tomaron un coche y fueron al hotel.

Los cuartos que había alquilado Larrañaga daban al río y tenían una vista admirable.

—He arreglado vuestros cuartos lo mejor que he podido —dijo José—, quitándoles ese aire vulgar que tienen las habitaciones de los hoteles.

—Muchas gracias, Joshé —dijeron Pepita y Soledad.


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