Los amores tardios

Los amores tardios

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Había llevado libros y había puesto unos jarrones de flores.

—Son cuidados de solterón —dijo en broma Larrañaga.

—Y tú, ¿dónde vives? —preguntó Pepita.

—Yo vivo en esta misma casa, en un piso alto. Mi cuarto da a una calle pequeña, la calle del Pelícano, que desemboca en el paseo del canal de Leuvenhaven.

Las dos hermanas quedaron encantadas del sitio en donde estaba el hotel.

Fueron a la oficina y por la tarde a ver la casa de su primo.

El cuarto le pareció a Pepita muy simpático y agradable. Con su penetración de mujer lista, comprendió que allí se veía una mano femenina. No es que creyera que José tuviera mal gusto, pero sí le consideraba abandonado.

—¡Chico, qué casa más bonita! —dijo Pepita—. Ya me figuraba yo que tendrías un rincón simpático para vivir.

—¿Te gusta?

—Sí; este cuarto, sobre todo, es muy bonito. ¡Qué bien huele aquí! ¿Qué hay en esta habitación?

—Unas magnolias.

—Es un olor tan bueno, que me da tristeza.

—Ya aparece la sensualidad. Un cura te diría que es pecado.


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