Los amores tardios

Los amores tardios

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—Así me pasa. Muchas veces caigo bien y produzco simpatía, pero al cabo de algún tiempo, en vez de afianzar la simpatía, la pierdo. Para consolarme, pienso que esto sucede cuando se ve que mi amistad es una posible distracción, pero no es útil.

—Siempre con tu mala idea de los demás y de ti mismo —contestó Pepita.

—Se busca la verdad por los medios que están a nuestro alcance. Intenta uno no engañarse.

—¿Y lo consigues?

—¡Qué sé yo! Por lo menos me preparo para encontrar la verdad teniendo mala idea de mí mismo.

—Y de los demás.

—Tienes razón, y de los demás.

—¿Te encuentras tan poca cosa?

—Sí, querida; estoy un poco arruinado, pero no es mi alma como una ruina antigua e imponente digna de aparecer en el fondo de una tabla florentina; es más bien un desbarajuste sin orden. Soy un hombre que tiene la aspiración a la vejez tranquila, no, claro es, a la decadencia física y a la enfermedad, sino a la inmovilidad mental y al gusto por la rutina. Me gustaría mucho perder la curiosidad y contenerme en las cosas próximas y sabidas. Una pequeña renta para vivir, una limitación mental, sería mi ideal. Las dos cosas son, indudablemente, muy difíciles de adquirir.


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