Los amores tardios

Los amores tardios

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

A las quejas irónicas de Larrañaga contra el destino, Pepita unía su cólera contra el matrimonio y contra su marido. Larrañaga encontraba explicable la actitud de Fernando. Una vez dijo, convencido:

—Tomar una muchacha joven, bonita, rica, buena, inteligente, vivir y prosperar a costa de la familia de la mujer y después, al primer momento, dejarla, no debe de tener nada de extraordinario para Fernando. Debe de ser un caso corriente. Él, sin duda, considera a la mujer como un gaucho puede considerar al caballo que ha cazado a lazo.

—No, pues en este caso le va a salir mal la cuenta —replicó Pepita—. Yo no soy de las que se resignan, ni mucho menos. Si soy como un potro cazado a lazo, no soy de los que se dejarán atar a una carreta.

—Tú no tienes la aspiración a limitarte y a no ser.

—No, no, al revés. Si me contemplan y me miman, soy capaz de renunciar a todo; pero si me excitan, saltaré por encima de los obstáculos que se me pongan, y no retrocederé ante nada.

—Eso está bien —dijo Larrañaga, riendo—. Cada uno buscando su ideal: yo, la paz y el estancamiento; tú, la guerra y la lucha.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker