Los amores tardios

Los amores tardios

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Pepita, que era exuberante y turbulenta, sintió la necesidad de intervenir en la vida perezosa y gatuna de su primo. No lo hacía, seguramente, de una manera deliberada, pero sin querer trastornaba las costumbres y los viejos hábitos de Larrañaga.

A hacerle caso a ella, él hubiera tenido que cambiarlo todo de sitio.

«Bueno, bueno; por ahora lo dejaremos como está», terminaba diciendo Larrañaga.

A pesar de que resistía a las insinuaciones de Pepita, Larrañaga comenzaba a cuidarse, a acicalarse, a pensar en la ropa y en los zapatos. No quería que ella le reprochase su abandono, y tenía la preocupación de parecer joven.

«Estás muy guapo», le decía ella.

Él se reía.




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