Los amores tardios

Los amores tardios

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—¡Bah!, aún quedará el rescoldo —replicaba José.

—Creo que no queda nada. ¡Que se vaya a paseo! No quiero ocuparme de él.

—¿Y qué vas a hacer?

—Por ahora, quedarme aquí; luego, ya veré.

Pepita sentía que ya no quería ni estimaba a su marido. Le parecía antipático, desagradable. De pronto había tomado sin querer una actitud distinta con respecto a él. Ya no era la infidelidad. Era él quien la molestaba. La voz, el gesto, la manera de hablar, la manera de coger el tenedor o el cuchillo en la mesa, todo le desagradaba, le crispaba los nervios. No comprendía ni cómo le había podido gustar en otro tiempo.

«Estos hombres morenos, de cara correcta —se decía Larrañaga, al comprobar la actitud de Pepita— se convierten, con mucha facilidad, en tipos groseros y vulgares. Un poco de corpulencia, la nariz que se encorva, y el joven peripuesto y fino se transforma en burgués ordinario y desagradable.»

—No tendría ningún inconveniente en separarme de él para siempre y marcharme —dijo Pepita.

—Sí; pero ¿adónde te ibas a marchar? —preguntó Larrañaga.

—¿Tú no vendrías conmigo? —repuso ella, medio en serio, medio en broma.


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