Los amores tardios

Los amores tardios

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—¿Para qué? ¿Para que me reprocharas luego que vivías mal?

—¡Pobre! No te reprocharía nada.

—Con poco dinero me parece que la mayoría de las aventuras de esa clase tienen que salir mal.

—Chico, no tienes valor —dijo Pepita, fingiendo que todo lo tomaba a broma.

—Es verdad; pero no tendría miedo por mí, sino por ti.

—¡Bah! Esas personas que se asustan de los peligros que corren los demás no me hacen gracia. Creo que lo que tienen es miedo de comprometerse —añadió Pepita.

—Sí, no digo que no —replicó Larrañaga—; pero esas personas se dicen: «Vamos donde tú quieras; tú tendrás la responsabilidad, tampoco soy muy de fiar».

Pepita se echó a reír, como si en aquellas palabras no hubiera nada serio; pero había algo de sondeo en lo que decía.

Un día, Larrañaga recibió el aviso de que uno de los barcos de la compañía había llegado.

—Yo tengo que ir al barco de nuestra casa —dijo a sus primas—; si queréis venir…

—Iremos, ya lo creo.

—Bueno; pues preparaos.

—Yo voy a ponerme un impermeable —dijo Pepita.


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