Los amores tardios
Los amores tardios —Yo, también —añadió Soledad.
—Bueno; esperadme en el muelle, delante de la oficina; iré con la lancha a recogeros.
Larrañaga telefoneó para avisar a su marinero, y luego fue a la pequeña dársena de Veerhaven, al lado del rÃo, donde habÃa muchos balandros y lanchas de gasolina, y tomó una barquÃn amarilla que tenÃa el tÃtulo Pepita, con letras de oro, a popa Un marinero joven se puso al timón, y la barca atracó al muelle, enfrente de la oficina.
Pronto se acercaron las dos hermanas.
—¡Qué sorpresa! Esta lancha se llama como yo —dijo Pepita.
—SÃ, esta lancha es tuya; ¿no te habÃa dicho que se llamaba asÃ?
—No.
—Este chico, este marinerito, es de Santurce.
Bajaron las dos hermanas, entraron en la gasolinera, y la lancha cruzó rápidamente el rÃo.
—No tan de prisa —dijo Larrañaga al marinero—. Iremos viendo el rÃo. A mà me parece lo más bonito de la ciudad.
—¡Qué de diversas cosas hay en los muelles de este puerto! —exclamó Pepita.