Los amores tardios

Los amores tardios

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La luz eléctrica, fuerte, daba tonos azules y verdes a las caras de las mujeres, que mostraban sus ojos sombreados y sus labios rojos como una herida ante la lluvia de la luz artificial.

Algunas mujeres entraban y salían de las cervecerías, muy ataviadas y rizadas, y sonreían y hacían guiños a los transeúntes.

Dejaron Larrañaga y Pepita el café y se pasearon por la calle.

Había cervecerías y bares de color rosa y de color azul, con marinos bebedores y muchachas que entraban y salían.

—Esto no tiene el aire siniestro de los rincones del barrio del vicio de Ámsterdam —dijo Larrañaga.

—No; aquello parecía más triste.

Al día siguiente, domingo, pasearon Pepita y Larrañaga por un barrio pobre en donde se celebraba una kermesse.

Las kermesses, antiguamente inmortalizadas por Van Ostade, Rubens y Teniers, han degenerado en Holanda y en Bélgica hasta un extremo extraño. La alegría brutal, popular, vertiginosa se ha convertido en alegría correcta, vulgar y sin carácter.

Estaban las calles adornadas con cintas y farolillos de papel; en los rincones tocaban los organillos, organillos grandes, construidos en Amberes, que llevaban de un lado a otro dos hombres.


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