Los amores tardios
Los amores tardios Algunos de estos callejones, adornados e iluminados, recordaban las callejuelas, en dÃas de verbena, de los barrios bajos, de Madrid.
Entre las chicas de la ciudad, elegantes y coquetas, habÃa algunas aldeanas con cofias, con trajes tÃpicos de comarcas próximas.
Se destacaban viejas gordas, chatas, con aire de ballenato, bastante desagradables, y abundaba también un tipo de mujer alemana corpulenta, sin ninguna distinción.
Las banderas flotantes, los farolillos de papel, las músicas, los acordeones, todo ello daba a la fiesta mucha animación.
—Vamos a beber un poco, y luego, a bailar —dijo Pepita.
—¿Qué quieres beber?
—A mà me gustan las cosas dulces: el curasao, el benedictino, el Marie Brizard.
—Aquà suele haber de todo.
Entraron en un bar; Pepita tomó unos pasteles, bebió una o dos copas, y Larrañaga, a quien no le gustaba el dulce y recordaba su época de marino, bebió whisky.
Luego bailaron.
—Bailas muy mal —decÃa ella.
—SÃ, y ya no es hora de aprender —decÃa él—. ¡Qué se va a hacer! Soy un hombre pesado.