Los amores tardios
Los amores tardios —Pero tienes las manos ligeras.
—¡Qué quieres! Cambio de conducta. El otro día, en Ámsterdam, te reías de mi honestidad porque te besaba las uñas.
—Pero hay grados.
—¿Y yo los he pasado?
—No, hombre, no; todo lo contrario.
Y Pepita se echó a reír.