Los caminos del mundo
Los caminos del mundo LA REUNIÓN EN LA LIBRERÍA
UNA hora después me hallaba de nuevo en la librería de Eymery. Hacía tiempo que estaban todos. Me hicieron pasar a la trastienda, un cuarto un poco ahogado, iluminado con una lámpara de aceite y con las cuatro paredes cubiertas de libros.
Se encontraban Llorente, Azanza, Tilly, el general Berton, que había ido con un joven amigo suyo apellidado Navarro; Cugnet de Montarlot, Nantil, Aviraneta y un tal Bloumy, que se hacía pasar por coronel español.
Yo me hallaba tan impresionado por mi feliz aventura, que no podía fijarme bien en lo que me decían. Muchas veces creía que me estaban dando la enhorabuena y me veía en la obligación de sonreír.
Al principio no me enteré apenas de lo que se habló y no hice más que contemplar con atención los tipos de todos.
Azanza, a quien conocía yo hacía tiempo, estaba quieto en su sillón con las manos cruzadas, sin hablar. Era muy viejo, y, aunque afrancesado, en el fondo, reaccionario.
A don Juan Antonio Llorente, el autor de la Historia de la Inquisición, le vi entonces por primera vez. Era un hombre bajito, de aspecto simpático y bondadoso.
Tenía la frente ancha, espaciosa; llevaba melenas grises y un solideo negro. Su tipo era de un buen cura; su mirada, viva y brillante; los labios, gruesos.
