Los caminos del mundo

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IV

LA VIDA EN CHALON

HABÍA en el depósito de Chalon un gran número de oficiales españoles, y, como en pueblo pequeño, nos veíamos a cada paso.

Nuestro punto de cita era un café, oscuro y ahumado, con un escaparate bajo, oculto por cortinillas blancas.

Se llamaba el café del Saona. Los compatriotas solíamos reunirnos allí a fumar y a hablar de los asuntos de actualidad.

Algunos, los menos desgraciadamente, éramos buenos españoles, católicos y realistas; pero la mayor parte, contagiados con las ideas revolucionarias, se jactaban de no tener creencias, insultaban atrozmente a Fernando y a la familia real y elogiaban a todas horas y con entusiasmo la Constitución de Cádiz.

Casi todos ellos habían ingresado en la masonería y en las sociedades secretas que se formaban en el ejército francés.

El número de los que se llamaban constitucionales aumentaba por día.

Varios no se contentaban con ser partidarios de la Constitución, sino que hablaban de la República y de que había que imitar a Dantón, a Marat y a los demás monstruos de la Revolución francesa.

Yo muchas veces pensaba: ¿Qué va a pasar en nuestro país cuando estos hombres vuelvan allá?


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