Los caminos del mundo

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III

LAS RAZONES DE AVIRANETA

LLAMAMOS a Eugenio a casa, y mi tío comenzó a sermonearle. Le dijo que le parecía muy mal su conducta con la señorita de Miranda, una muchacha de familia tan distinguida. No tenía más remedio que volver de su acuerdo. Iba a creer todo el mundo que había pretendido a aquella señorita cuando estaba sin un cuarto y que desde el momento que había encontrado algún dinero no quería nada con ella.

Aviraneta escuchó las reflexiones nuestras y contestó que había reñido con la chica y que le molestaba la familia, que constantemente, y con cualquier motivo, estaba hablando mal de los españoles.

Este odio le irritaba.

—Sí; pero tú debes dar una satisfacción a los padres.

—¿Por qué?

—Porque has comprometido a esa muchacha de una familia tan respetable.

Para mi tío, toda familia rica era necesariamente respetable.

—Yo no veo que la haya comprometido —replicó Eugenio—. La he galanteado, he ido a hablar algunas noches con ella, y nada más.

—Pero tú la has dejado…, y no tienes motivos para dejarla.

—Sí tengo motivos. ¡Ya lo creo!


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