Los caminos del mundo
Los caminos del mundo LA DILIGENCIA
A las siete de la mañana nos metimos en el coche; pasamos de nuevo por Nyón, cruzamos por Rolle, y a las cuatro de la tarde estábamos en Lausana, en la posada del León de Oro.
Lausana es una ciudad pequeña, bonita, muy bien colocada sobre un cerro que domina el lago Leman.
Subimos a la catedral para contemplar el pueblo y el lago, y después fui a presentarme a un coronel inglés, quien debía firmar nuestros pasaportes.
En casa del coronel había, cuando yo me presenté, varias señoras de visita, entre ellas una italiana joven, preciosa, cuyo marido acababa de morir días antes de un balazo en el vientre.
Con este motivo, las mujeres abominaban de la guerra y, sobre todo, de Napoleón, que les parecía un monstruo vomitado por el infierno.
Volvía a la posada, cenamos los cuatro y, concluida la cena, fuimos a la posta, donde salían las diligencias. No quedaba más que un lugar dentro y dos fuera, en la imperial. Aviraneta y Corina decidieron ir en la imperial; Ganisch, sobre la capota, y yo, dentro.
Salimos de Lausana de noche; la diligencia llevaba cuatro caballos que corrían muy bien. Como hacía frío, se cerraron las ventanillas del coche, y todos los viajeros se acomodaron para dormir.
