Los caminos del mundo

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Al mismo tiempo se cruzaban los carros de municiones, de heridos y pertrechos de guerra, que seguían al ejército. Añadido a esto la poca anchura de las calles y que comenzaba a deshelar, se puede comprender lo molesto y peligroso que era el tránsito por el pueblo.

Nos acercamos a la catedral, que es de piedra roja, y desde una plazoleta próxima estuvimos viendo el Rin, de aguas turbias y verdosas, que pasaba a medias helado con un estrépito de torrente.

Yo me aproximé también a la fortaleza de Auninguen, que se hallaba en este momento sitiada por los bávaros y defendida por los franceses.

Como teníamos que esperar y la fortaleza estaba cerca, fui paseando hasta el mismo campamento de los bávaros; pero aquel día no se hacían fuego con los franceses.

Al volver a Basilea tuve el gusto de ver al emperador de Rusia, Alejandro I, que salía de una capilla ortodoxa, donde había ido a oír misa. Iba a pie, con algunos grandes de su Imperio y dos generales. Llevaba uniforme azul con muchas condecoraciones y bordados, sombrero con galón de oro y botas de montar. Era un hombre de cerca de seis pies, bien proporcionado y de hermosa presencia; tenía el semblante muy risueño, que inspiraba confianza a primera vista. A todo el mundo saludaba con el mayor agrado y afabilidad.


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