Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte En el piso sexto vivían dos señoras bien distintas por todo. La una era una antigua dama de compañía, mujer gruesa, que había sido rubia, pero ya se había convertido en blanca. Siempre vestida de negro, a primera vista tenía un aire de señora de la aristocracia, si no dijera de cuando en cuando palabritas y tomara actitudes que la desenmascaraban dándole un aire de Celestina.
La otra, la señora Smith, que por su apellido y por llamarla señora parecía que debía ser persona respetable, era una muñeca rubia, muy pintada y muy impertinente, que no tenía afición más que a estar echada en un diván en una sala donde había siempre chicas judías. Hablaba alemán y yiddish. Era muy rebelde de chica, según contaba. Los sábados solía ir a la sinagoga tan solo por llevar la contraria a las profesoras, amigos y parientes. Decía que tenía entusiasmo por los tipos morenos y un poco brutos, que no la hubiera importado nada casarse con un mulato.
Esta mujer daba la impresión de que había sido guapa y de que no se resignaba, ni mucho menos, a su vida otoñal.