Los caprichos de la suerte

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Escalante y Julia, cuando hablaban de ella, pensaban que una mujer distinguida, acostumbrada a una vida de erotismo y coquetería, tenía que encontrarse en una situación muy triste al ver que el coro de sus adoradores se convertía en un grupo de gente indiferente que la miraba con la misma indiferencia que podían mirar al conserje del hotel.

Julia, que creía en las artes mágicas, debía ser un espíritu muy amigo de gobernar a los demás. Todos los días vestía de distinta manera y usaba joyas diferentes. Puede ser que eso lo hiciera únicamente por preocupación de elegancia, pero quizá también dependía un poco de sus ideas mágicas.

Un día que estaban reunidas Julia y Gloria con Escalante y Elorrio, este dijo:

—Yo no comprendo bien por qué la gente se preocupa tanto por la disminución de la natalidad. Quieren hacer que la natalidad aumente y luego decir que la población excesiva obliga que el país tenga más prerrogativas que los otros, es decir, que tenga que contar con el espacio vital, como se dice ahora, para su expansión. Es una maniobra un poco burda y que creo que no convence a nadie.

—Para los gobiernos —dijo el inglés—, evidentemente, el material humano lo consideran como una riqueza. Napoleón decía, según Stendhal: «Tengo una renta de doscientos mil hombres al año».


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